Y… cómo se empieza a tejer esta red-
El proyecto “red nómade” surge por una necesidad de encuentro entre artistas e intelectuales argentinos transterritorializados, que luego de su partida continúan comunicándose e intercambiando ideas. Una cuestión fue surgiendo, casi como disparador temático que instaló la necesidad de reflexionar acerca de la experiencia en común de la pérdida o el abandono del lugar de origen, las condiciones de producción y las posibilidades de adaptación al nuevo medio, entre otras cuestiones.
La RED NOMADE tuvo su etapa fundacional en el año 2003, donde un trío formado por 2 artistas y una teórica, Andrea Racciatti y Adriana de Miguel en Buenos Aires y Cristina Ghetti en Valencia, damos nombre al proyecto y comenzamos a idear lo que hoy es la red nómade.
Surgió de la necesidad de un grupo de artistas e intelectuales emigrados de la argentina, que en un determinado momento comienzan a intercambiar reflexiones con respecto a las implicancias del exilio, Luego de la diáspora inicial viene la necesidad del reencuentro, de comunicar e intercambiar cuestiones vitales.
Construir territorios situados sobre la comunicación, el lenguaje y la afección. La cuestión pasa por “armar un mundo donde quepan muchos mundos”
En donde el arte sea una herramienta más dentro de estos mundos,
la cuestión no pasa por construirle un territorio al arte, sino mas bien por construir territorios autónomos que sítuen el antagonismo y de ahí en adelante experimenten y piensen los posibles usos que el arte puede tener dentro de ese territorio.
A partir de estas premisas pasamos a proponernos dar forma a esta red, para poder asi reunir estas ideas en recopilaciones de textos, enriqueciéndolas con el aporte de teóricos que trabajan sobre el tema, comenzando a organizar y realizar encuentros para así dar mas rigor formal a estas inquietudes y realizar un trabajo de investigación e intercambios entre artistas de diferentes regiones geográficas.
OBJETIVOS
El programa Internacional RED Nómade Se propuso como objetivo llevar adelante una serie de acciones e intervenciones artísticas, culturales y académicas en Argentina y España como primera etapa, para de este modo posibilitar el encuentro entre artistas plásticos, críticos de arte, curadores, escritores e intelectuales.
La actual internacionalización en el mundo del arte y del pensamiento contemporáneos, conlleva en cierta medida una homogeneización de lenguajes pero, a la vez, potencia la singularidad de las identidades. La posibilidad de crear espacios de conexión desde donde operan identidades trans territorializadas apunta al trazado del mapa cultural en términos de discursos en tránsito.
Transitar: circular, viajar, importar y exportar, traficar, traducir, mixturar, encontrar, apropiar, rescatar, son términos que cobran sentido si se presentan como estrategia deconstructiva de un imaginario clausurado de una cultura única y autocentrada.
El Programa Internacional Red Nómade
Colectivo de Intervenciones Artísticas e Intelectuales Contemporáneas- intenta generar condiciones de posibilidad para el intercambio, la producción y el encuentro entre artistas e intelectuales de diferentes nacionalidades. Al postular la trasgresión de las fronteras como ratificación de las diferencias y las distancias en su positividad, la discusión entre autores da lugar a intervenciones estéticas, teóricas y experienciales.
En este marco de proceso de globalización cultural e ideológica, la circulación de discursos, el intercambio de bienes y personas y el contacto cultural entre diferentes identidades y perfiles profesionales corre paralela con el creciente aislamiento y marginación de regiones y discursos, que quedan recluidos en un espacio periférico, imposibilitándose entonces su crecimiento y debilitando su productividad.
En el caso de la producción estética contemporánea este fenómeno no cesa de darse e impide el acceso democrático de consumos culturales de calidad por parte de los públicos que no se encuentran en las grandes metrópolis.
Otro tanto ocurre con los creadores de obras y discursos estéticos que ven muy lejana la posibilidad de participación en el campo cultural global.
En este sentido el proyecto RED NOMADE propone una doble dirección: como espacio de recepción del intercambio y destinatario de las producciones de otras regiones del país y del exterior y por otro, como productor y destinatario para garantizar así el intercambio estético e intelectual. Entre las tareas emprendidas por la red se encuentran la Creación de bancos de datos de creadores y de iniciativas culturales independientes, el posibilitar la circulación y el intercambio de estos bienes culturales, y el posibilitar alianzas y difundir el trabajo de artistas e intelectuales.
Por otro lado, los propios artistas son los destinatarios prioritarios de las actividades en la medida en que recepcionan las producciones y la crítica estética por parte de otros artistas, críticos, curadores y teóricos del arte contemporáneo. Otro destinatario privilegiado al que se dirigen acciones específicas y educativas, está conformado por los estudiantes y jóvenes en general de las ciudades e instituciones participantes.
Por último, los intelectuales del ámbito de las ciencias sociales y humanidades que participen, son también destinatarios de la experiencia al mismo tiempo que activos partícipes de la misma.
RED NOMADE
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Por las bases de un uso territorial del arte
“La paradoja fundamental del capitalismo como formación social es que se ha constituido sobre algo increíble, sobre lo que era el terror de las otras sociedades: la existencia y la realidad de flujo descodificados”
Gilles deleuze
El antagonismo ha llegado a expresar su máxima potencia, ha entrado en su fase de producción común calcando un rompecabezas mundial en el que no es ya el objeto sino la carne la que ha pasado a ser dinero.
La axiomática capitalista ha perdido el control de su demencia llevando al límite su axioma primario: ¿cómo hacer que el dinero produzca más dinero?
Tanto el paisaje geológico, como el paisaje corporal y mental son devastados una vez tras otra. Mientras la gran minoría (los grandes empresarios, la mafia, la clase dirigente y las grandes multinacionales) aumenta más y más sus riquezas, las selvas son mutiladas y la mitad del mundo no formateada (y por lo tanto, inadecuada con respecto al modelo de producción bioinformático) es sumergida más y más en una pobreza que no parece atenuarse. Víctimas de la violencia de Estado y sometidos a condiciones de trabajo remunerado infrahumano, los excluidos del sistema mueren uno tras otro: el capitalismo aniquila aquello que lo mantiene vivo.
La escasa minoría poseedora de los recursos necesarios que permiten la adecuación al modo de producción bioinformático, es sobreexplotada mediante la inyección de un modelo de competencia neoliberal y la intensificación de los estímulos informativos: cuerpo y mente son sometidos a un estado de electrocución permanente.
¿Qué hacer frente al hambre, la devastación del mundo, las temibles patologías postforditas, la deficiencia en la capacidad de atención y el síndrome de pánico? ¿Qué hacer frente a la devastación de las selvas y el efecto invernadero?
¿Qué hacer frente a una máquina que demuele todo territorio e impone la mercancía y la administración de infelicidad como modo vital? ¿Qué hacer frente al hipercapitalismo; ante este viaje sin sentido y sin rumbo?
¿Qué hacer frente al cinismo y el oportunismo; ante la expropiación de un tiempo vacío pero no disponible; ante la competencia neoliberal y la inyección constante de un deseo de victoria, “en un combate donde los vencedores no ganan nada”*?
Nuestra respuesta es clara: construir territorios que sitúen el antagonismo históricamente, territorios situados sobre la comunicación, el lenguaje y la afección.
Nos encontramos en un mundo donde el antagonismo explota las capacidades lingüístico comunicativas de la especie humana; un mundo dotado de un nuevo proletariado al que daremos el nombre de cognitariado social: telemarketers y r.r.p.p, programadores y profesores, mercaderes artísticos, artistas y músicos; trabajadores cognitivos, trabajadores incorpóreos dotados de un cuerpo carnal y social que produce valor en forma consciente o inconsciente; todos ellos virtuosos de la comunicación y el aprendizaje, poseedores virtuales y efectivos de los recursos más valorados por el capitalismo posfordista; organismos capaces de adaptarse en forma sobrehumana a las nuevas tecnologías; organismos cuyo sistema nervioso se asemeja más y más al funcionamiento de un hardware; organismos capaces de actualizar el cuerpo frente a la velocidad posthumana del mediascape.
Devenir virtuoso del “Discurso en tránsito”
Nómade forma parte y es este cognitariado social: no queda más que observar el funcionamiento de nuestro primer encuentro, es decir, la construcción territorial de Nómade; composición efectiva y adecuada solo y a través de una puesta en común eterna y diferente que partió de un mínimo común previo, de esas condiciones compartidas que son la base de los muchos, de la multitud; deviniendo manada y siendo esta última, el firmamento y la tierra de esta máquina sumergida en un constante devenir.
Este devenir solo pudo darse en el espacio de lo público y a través de un despliegue virtuoso, a través de un virtuosismo desplegado por cada uno de los artistas que son ya una pieza más de la máquina de guerra nomádica.
Decimos virtuosismo, entendiendo en primer lugar por este, la actividad que se cumple en si misma sin objetivarse en una obra perdurable o un producto terminado, la actividad en donde y según las palabras de Marx, “el producto es inseparable del acto de producir”
En segundo lugar, el virtuosismo es una actividad que exige la presencia de otros, que existe solo a condición de que haya un público, el virtuosismo es una actividad sin obra; a falta de un producto específico y extrínseco, el virtuosismo alude a las capacidades peculiares de un artista ejecutante. Es virtuoso, por ejemplo, el que poniendo sus “discursos en tránsito”, cautiva a un auditorio por una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete horas sin aburrirlo; es virtuoso el pianista, el profesor y el bailarín experimentado.
Ahora bien, sosteniendo con firmeza la tesis de Paolo Virno en Gramática de la multitud, la cual se haya fundamentada en la existencia de una amalgama entre poiesis y praxis en el trabajo contemporáneo, decimos que toda acción política es virtuosa, entendiendo por política la experiencia genéricamente humana de comenzar algo nuevo exponiéndose a los ojos de los demás y no una sesión partidaria.
El lenguaje es sin obra. Toda enunciación es una prestación virtuosa que debe ser articulada en un territorio, en un espacio político en donde los muchos pueden ocuparse de asuntos comunes.
Programa nomádico
Nómade es una madriguera, un castillo con infinitas entradas y salidas, Nómade es una multiplicidad de planos que se cruzan una y otra vez sin superponerse.
Nómade intercepta flujos artísticos descodificados y desterritorializados terretorializándolos en un espacio de producción autónoma e inmanente.
Nómade es condición de posibilidad para la proyección de infinitas líneas entrecruzadas en un mapa común, siempre partiendo de un diagrama material.
Nómade aumenta la fuerza en experimentación y construye un mapa de afecciones, pero sin cautela, siempre un paso adelante y nunca balanceándonos sobre la cuerda del equilibrista.
Nosotros armamos una geografía del cuerpo, no de un cuerpo individual, sino más bien, del cuerpo colectivo y territorial que supone Nómade: hacemos una geografía política del organismo, es decir, una geopolítica del nomadismo de nuestros tiempos.
Nosotros, desde Nómade, queremos devenir en intensidad, queremos aumentar nuestras conexiones con espacios organizados. Nosotros nos encontramos lo suficientemente fuertes como para operar con los colegas y artistas que se encuentran en una desterritorialización relativa, los colegas que han fugado de un país pero no olvidado su pasado y que, sin embargo, preguntan una y otra vez ¿qué ha pasado?
Nosotros queremos un devenir intensivo, no desde arriba, sí desde un territorio concreto de coimplicación en donde, en primer lugar, hace falta ese proceso de demolición del cual nos hablaba con gran lucidez Scott Fitzgerald, no focalizándonos en realizar una demolición y quedarnos en la nada, en el nihilismo, sino mas bien, demoliendo y codificando desde el código nomádico.
Nosotros hacemos rizoma y no laberinto, encontramos fugas incluso en un laberinto, manejamos múltiples planos con sus infinitos índices maquínicos.
Nosotros interceptamos flujos desde un territorio concreto: interceptamos flujos artísticos, no con el objetivo de armarle un territorio al arte, sino de ver qué sentido potencial puede tener el arte en un territorio, un territorio con sus códigos comunicativos, lingüísticos y afectivos, un territorio con sus temporalidades, respiraciones, aperturas y cierres.
La cuestión pasa por “armar un mundo donde quepan muchos mundos” en donde el arte sea una herramienta mas dentro de estos mundos; la cuestión no pasa por construirle un territorio al arte, sino mas bien, por la construcción de territorios autónomos que sitúen el antagonismo y, de ahí en adelante, experimenten y piensen los posibles usos que el arte puede tener dentro de ese territorio.
Juan Bobbio para la red, Buenos Aires, diciembre de 2005
*William S.Burroughs (1953), “
Junky”; trad.cast.
“Junky”, España,Editora Nacional Madrid, 2003.
* Red Nómade, “Discursos en tránsito I”, Godella, Valencia, 2004.
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La forma de la red
Carolina Coppens
Nos hemos vuelto fríos, racionales, extremadamente conscientes de nuestra existencia individual y de nuestros derechos; ante todo, queremos evitar la alienación y la dependencia […]
Seguiré siendo hasta el final un hijo de Europa, de la angustia y de la vergüenza; no tengo ningún mensaje de esperanza. No odio Occidente, todo lo más lo desprecio con toda mi alma. Sólo sé que, tal como somos, apestamos a egoísmo, masoquismo y muerte. Hemos creado un sistema en el cual ya no se puede vivir; y lo que es más, seguimos exportándolo.
Michel Houellebecq
Hace algunos años me atreví a utilizar la caza tradicional de la vicuña como metáfora. Era otro contexto sin duda, sin embargo, hay algo en común en mi interés y análisis que perdura en el tiempo, algo que me preocupa por cuanto hay de infranqueable en él, ya que se transforma en un condicionante (o una cadena de ellos) que puede revertirse pero que a pesar de tener consciencia de que está ahí lo aceptamos mansamente. Me cito antes de seguir, a riesgo de alargar demasiado el misterio: “En la cordillera de los Andes, en la zona de alta montaña que llamamos Puna habita un animal etéreo y fugaz, la vicuña.[…] Preciadas por su pelaje, del que se hila una delicada y abrigada lana, son perseguidas por los cazadores que utilizan una técnica ancestral para atraparlas. Un grupo de hombres espera paciente a que una se aparte de su manada, y cuando por fin eso sucede, se acercan lentamente, la rodean mientras despliegan un hilo rojo del que cuelgan cintas del mismo color. Nadie puede explicar el misterio del hilo rojo. Nadie sabe por qué mezcla rara de temor y hechizo la vicuña se paraliza al verlo, como si se tratara de un gran abismo que le impide el paso. Es indescifrable el misterio de su rendición y sometimiento, cuando los cazadores ciñen el cerco ella acaba por doblar sus patas clavándolas en tierra y deja mansamente que la aten[…]”En ese entonces esta leyenda me sirvió como símbolo para hablar de un cierto estado de desencanto que ha paralizado en general la creatividad supeditada a los intereses de la mercadotecnia (el hilo rojo).
Hoy vuelvo a ella para constatar que además de esa faceta hay un factor implícito que la precedía: “Un grupo de hombres espera paciente a que una se aparte de su manada, y cuando por fin eso sucede, se acercan lentamente, la rodean mientras despliegan un hilo rojo del que cuelgan cintas del mismo color”. El aislamiento, el individualismo, la pérdida progresiva, pero veloz, del sentimiento de comunidad (compromiso). O, mejor dicho, la tergiversación deliberada de este concepto, sujeto a manipulaciones políticas que se inscriben en el contexto de la globalización, como un agente reactivo contra el sentimiento de inseguridad que genera lo ilimitado y el exceso del proceso globalizador.
Fedric Jameson explicó, hace tiempo ya, la posmodernidad como “la lógica cultural del capitalismo avanzado”, y Jürgen Habermas analizó los problemas de legitimación del capital flotante, el excedente de dinero que se produce a través de las transacciones de bolsa o de negocios ilícitos que necesitan pasar de un nivel de abstracción –números en gráficos- a otro de tangibilidad –en divisas-, legitimación que se lleva a cabo a través del ámbito de la cultura. La administración pierde progresiva y constantemente terreno y cede sus capacidades al ámbito de la economía. Ese contubernio o alianza entre el poder económico y el ámbito de la cultura condiciona, desde el fin de la segunda guerra mundial, las relaciones sociales, y a conformado un tipo de sociedad en la que el factor de la economía asimila todas las esferas e interviene en ellas, por lo que no resulta extraño en nuestro comportamiento actúen factores de contingencia que derivan directamente de lo económico.
El cambio substancial en el capitalismo se aprecia al pasar de una fase en la que la lucha de clases era un factor determinante en su funcionamiento (la estratificación social establecía la organización del trabajo distinguiendo entre los que producían, y los que consumían) a otra fase en la que incorpora a su estrategia el potencial consumidor de la clase trabajadora (mayor poder adquisitivo equivale a su integración dentro de la clase media, podríamos decir que es la etapa del Estado de Bienestar). Este sistema económico da una nueva vuelta de tuerca en la que se pasa de la producción de bienes simbólicos a la provisión de servicios, es lo que conocemos como neocapitalismo o capitalismo tardío. La producción en masa deja de ser la que orienta al sistema, los mercados se segmentan (se especializan) y pasan de un estadio de High Volume a otro de High Value (lo que se ha dado en llamar diversificación: menos productos más exclusivos, objetos diseñados para que cada persona identifique con él su estilo de vida o su identidad y que nos transforman en lo que Renato Ortiz denomina “consumidores ego-direccionados”).
Descentralización, desregulación, desterritorialización no son más que sinónimos de la liberación de las responsabilidades de la empresa para con sus trabajadores y para con la ciudadanía del lugar donde se establece (si no me das lo que quiero, me largo a Vietnam o a Honduras). La empresa es móvil, se deslocaliza según la oferta que tenga y la conveniencia de ésta en cuanto a salarios y a carga impositiva. En este contexto el individuo se enfrenta a la realidad de la incertidumbre, la movilidad no sólo caracteriza a los mercados sino también a los trabajadores, que deben adaptarse a ser trasladados, cambiados de puesto, o simplemente a quedarse sin trabajo porque la empresa necesita reducir costos y se muda de país.
Si esta realidad la observamos desde la periferia, desde los países subdesarrollados, se vuelve mucho más tajante la diferencia, ya que todavía existen amplios sectores de la sociedad que no han logrado llegar al Estado de Bienestar (es decir, que no tienen acceso a la educación, a la sanidad y mucho menos al sector de los ex productores hoy consumidores, no pueden ser incorporados a la filosofía del High Value). La fracción de la sociedad que lo ha logrado vive esa incertidumbre rebajada por un contexto histórico voluble; la otra fracción, la excluida, vive en la certidumbre de la estabilidad de su condición. Dice Zygmunt Bauman: “También está pasada de moda la comunidad entendida como un lugar en el que se participa por igual de un bienestar logrado conjuntamente; como una especie de connivencia que presume las responsabilidades de los ricos y da contenido a la esperanza de los pobres de que esas responsabilidades tendrán respaldo”.
La ecuación es muy simple, como una regla de tres: Si el Estado se lava las manos cediendo sus funciones al ámbito de lo privado, y el sector de la empresa privada, que es la que realmente maneja el capital, no asume responsabilidad alguna (ni con la ciudadanía, ni con sus trabajadores, ni con el medio ambiente), ¿qué hará o cómo actuará el individuo? La respuesta es obvia, pero no obstante la recalco: el individuo también se desvincula progresivamente de las responsabilidades sociales. Podríamos intercambiar la ubicación de las partes de la ecuación para buscar los orígenes de las causas, a pesar de ello, me atrevo a especular que el orden que expongo es el más factible.
Responsabilidad es la palabra temida y desvinculación su consecuencia lógica. Pero esta desvinculación transforma en una selva nuestro entorno y a las personas las registra en dos categorías: las depredadoras (que subsisten cueste lo que cueste); y las susceptibles de ser fagocitadas. Nadie quiere ser engullido, por lo que la convivencia se transforma en una carrera por la supervivencia, en la que sobrevive, tal y como lo sostuvo Darwin, el más apto (el antropófago, irónicamente hablando). Siguiendo con la tónica darwinista (y alejándome de la metáfora selvática) podemos hablar de la adaptación de la especie al medio, sólo que este medio no viene impuesto por una lógica natural sino que está diseñado para unos objetivos tan básicos y materialistas como arquetípicos: fortuna y poder (de unos pocos).
Lo que por supuesto no debemos olvidar es que en gran medida somos todos artífices de nuestro medio, ésa es una responsabilidad que resulta ineludible, pero, al mismo tiempo, nuestro campo de acción crítico es limitado y neutralizado en la mayoría de los casos (esto no quiere decir que debamos rendirnos y dar por perdida la batalla, más bien todo lo contrario). Cuanto mayor es la fracción de excluidos, más son las voces que se alzan para replantear los mitos de la bonanza del sistema occidental, muchas vienen de los países subdesarrollados, ya que están más expuestos a las contradicciones; y otras tantas del mundo industrializado, de los incorporados (para no decir no-excluidos). Quizá por ello me decidí a elegir un prefacio tan crudo como el de Michel Houellebecq, que desde sus escritos (ya sean narrativos o ensayísticos) hace una feroz crítica de la sociedad en la que vive, sus personajes asumen y aceptan esa realidad en un alarde posmoderno de pasividad que sólo pueden tener aquellos que se han creído que nada puede cambiarse (esto es lo que hay, lo tomas o lo dejas: lo tomo, no lo puedo dejar, pero lo desprecio).
El mundo que nos rodea se vuelve más incierto, el espacio físico, el lugar en donde vivimos, cambia velozmente de fisonomía, la gente que nos rodea también es diferente. Nada ni nadie, al parecer, permanece el suficiente tiempo como para establecer un vínculo, para transformarse en referente de mi contexto social capaz de darme la seguridad necesaria para mi desarrollo individual. Esa nimiedad, los referentes de mi contexto que nos hacen sentir protegidos y ese entorno que era el testigo de mi accionar, parten de la memoria con la que estaba comprometido a asumir la responsabilidad de mis actos, están en continua transformación; compramos en grandes superficies despersonalizadas y anómicas, los espacios comunes sólo nos sirven para que circulemos a toda velocidad para llegar de un punto a otro sin detenernos en el trayecto, la zona urbana se ha cargado en su macro-dimensión de agresividad, el espacio del barrio pierde poco a poco sus cualidades amables y aglutinantes. El cambio de magnitud nos torna más vulnerables, ya que no podemos aprehender, desde el punto de vista simbólico, la forma de los lugares comunitarios.
El sujeto contemporáneo ha ganado en autonomía, en escepticismo, incluso en muchos casos en “nivel de vida” (me refiero, claro está, al poder adquisitivo comparado con el de la generación anterior) paradójicamente vive en un mundo más volátil, inestable, a la vez que gana confianza en sí mismo. O quizás deberíamos especificar que siente mayor necesidad de reafirmarse por dos circunstancias esenciales: 1- por la perspectiva incierta de futuro, la incertidumbre; 2- por el cambio en las relaciones sociales (ese separarse de la manada de la vicuña), los referentes con los que podría identificarse para crear un vínculo, los otros, son anulados a través de una relación superficial y pasajera, efímera. “Después de la época de la ‘gran vinculación’, habían llegado los tiempos de la ‘gran desvinculación’. Las épocas de alta velocidad y aceleración, de reducción de los términos de compromiso, de ‘flexibilidad’, ‘reducción de empleo’ y ‘externalización’. Los tiempos en los que se permanecería juntos sólo ‘hasta nuevo aviso’ mientras ‘dure la satisfacción’ (que nunca dura mucho)”.
La era de la desvinculación, como la denomina Bauman, se caracteriza por la huida del individuo de cualquier situación que lo haga asumir que sus acciones repercuten en los otros y por tanto implican una responsabilidad. Quizás de ahí deviene otro mito muy en boga, el de la mujer/hombre superada/o, autosuficiente, que debe su triunfo o su fracaso sólo a sí mismo y a sus capacidades, sin aceptar que también influyen una cadena de condicionantes y casualidades que escapan al manejo de la psique (lo que tengo me lo debo a mí mismo, tengo lo que me merezco, no necesito a nadie para salir adelante).
No sería posible debatir en estas pocas líneas que escribo acerca de conceptos de psicología, sin embargo me gustaría aclarar que dentro del marco de la terapia esta toma de consciencia (los condicionantes de mi vida están impuestos por mí mismo y por mi historia personal) cumple una función específica, pero en la experiencia social esa función está influenciada por factores externos que no podemos controlar y debe adaptarse a una serie de circunstancias específicas de cada lugar y sociedad. Al aceptar que sólo yo soy el generador de lo bueno y lo malo en mi vida, niego esa parte de responsabilidad de la que hablé anteriormente (la propia y la de los demás), y con ello estoy negando también la comunidad, es decir la idea de que existe una red de relaciones que me es necesaria para subsistir (aunque pertenezca a la facción de los depredadores-triunfadores). Este exceso de ego, que viene de la vivencia de la incertidumbre, de habitar en un medio hiper-competitivo, y por un sentimiento de vulnerabilidad continuo, vuelve al individuo indiferente a aquello que no interviene directamente en el esquema de triunfadores (los perdedores) que impone el sistema y que asume como propio, como parte de esa actitud superada que adopta frente a la friabilidad de su contexto. Esto dibuja un perfil de persona solitaria, narcisista e infantiloide, y si agregamos lo que Geoff Dench denomina “filosofía de los méritos”, la comunidad sería entendida como un refugio de perdedores. Esta es la “cosmovisión meritocrática” en la que cada persona sólo es capaz de obtener lo que desea por el ejercicio de su individualidad, por su inteligencia y capacidad.
Sin embargo, la necesidad de sentirse protegido no se disuelve en el estilo de vida contemporáneo, de ahí que estos individuos, exitosos o no, construyan su propia comunidad con características distintas, la “comunidad estética”. La sociedad se encuentra tan particularizada (diversificación) que es posible identificarse con multitud de fracciones que conforman una identidad dúctil, hecha a medida, que parece constituir ese lugar específico que aporta la seguridad necesaria, al mismo tiempo que no obliga a permanecer o a un compromiso de facto. “La identidad parece compartir su estatuto existencial con la belleza: al igual que la belleza, no tiene más fundamento que el de un acuerdo ampliamente compartido, explícito o tácito, expresado en una aprobación consensual del juicio o en un comportamiento uniforme. Al igual que la belleza se reduce a la experiencia artística, la comunidad en cuestión se produce y se consume en el ‘círculo cálido’ de la experiencia.”
La experiencia comunitaria dura el tiempo que dura el encuentro, y resulta reconfortante, ya que es una manera de confirmar que se está en lo correcto, que la individualidad y la autosuficiencia son la manera de arrostrar la vida. No puedo evitar asociar estas ideas con la trama de la novela de Chuck Palahniuk, El club de lucha. Dos de los protagonistas son adictos a frecuentar diferentes grupos de apoyo y terapia, para dejar de fumar, alcohólicos anónimos, para enfermos terminales, ninguno padece ninguna de las patologías a las cuales están dedicadas los grupos(“[…]un acuerdo ampliamente compartido, explícito o tácito, expresado en una aprobación consensual del juicio o en un comportamiento uniforme.”.), sin embargo asisten regularmente, tres o cuatro veces a la semana, lloran, se abrazan y luego vuelven a casa, ya reconfortados por participar del encuentro (“[…]la comunidad en cuestión se produce y se consume en el ‘círculo cálido’ de la experiencia.”). Incluso se disputan el derecho de asistir a ellas ya que ambos son cómplices, saben que el otro no está enfermo. Los personajes son descriptos como solitarios, independientes, personas de las que ningún vecino recordaría la cara.
Más allá de lo anecdótico de los personajes de un libro, podríamos redondear la idea estableciendo una diferencia fundamental entre el individuo qué sólo asume este modo de vida como un rol muy popular en ciertos sectores de la sociedad (que cada vez son más amplios), y aquel que se lo propone como un proyecto o una finalidad, que hará el intento de ser dueño de su destino y de sus actos (lo que no quiere decir que lo vaya a conseguir, ni tampoco que si lo consigue sea un triunfador y si no lo hace se convierta en un perdedor). Entre realidades y aspiraciones sigo con el hilo de Bauman que nos propone un tipo de comunidad contrapuesta a la estética: “Algo que la comunidad estética no hace en modo alguno es tejer entre sus participantes una red de responsabilidades éticas, y por tanto de compromisos a largo plazo. Sean cuales sean los lazos que establezcan en la vida explosivamente breve de la comunidad estética, en realidad no atan: son, literalmente, ‘vínculos sin consecuencias’. Tienden a evaporarse en el momento en el que los lazos humanos importan de verdad: es decir, en el momento en el que se necesitan para compensar la falta de recursos o la impotencia de los individuos”
La pregunta latente viene a reforzar la idea de que existe una necesidad real de conformar la trama de relaciones, los vínculos, para enfrentarnos al sentimiento de fragilidad y friabilidad del futuro (a pesar de que se haya puesto tanto empeño en desprestigiar el sentido de lo comunitario). Esa trama, esa red que proponemos tejer de relaciones comunitarias debe establecerse desde un parámetro distinto, desde los parámetros éticos, lo que nos posicionaría en el polo opuesto al que nos encontramos ahora. La idea de “comunidad ética”, tal y como la interpreto, intenta recuperar la dimensión de profundidad que se ha perdido en nuestras sociedades actuales, basadas en las construcción y el intercambio social de imágenes planas, movibles e intercambiables que proyectamos de nosotros mismos, como mecanismos identitarios que solo pueden referirse a un status económico, que evitan el vinculo a largo plazo y se relacionan desde lo compartido placentero-efimero.
En busca de la comunidad ética
Hasta hace muy poco estaba convencida que en el mundo de individualidades autosuficientes en el que vivimos no había cabida para una reflexión en voz alta sobre la producción artística y esos pequeños avatares del taller-laboratorio. Me resultaba a la vez increíble pero natural que no se produjeran más encuentros que estuvieran despojados del discurso mercadotécnico de autobombo (o autopromoción si se lo prefiere) en la que la interpretación se convierte en un pasaporte a la consideración del circuito en el que artista y obra se mueven. Pero más paradójico, dado que pensé que esto no encajaba dentro de los patrones de lo establecido, fue participar en un encuentro de artistas .
Artistas que hablaban de sus procesos, preocupaciones, inquietudes y demás intrascendencias (no menos importantes) constituyentes de la vida cotidiana. Unos y otros opinábamos sobre lo que veíamos y decíamos, el clima caluroso del verano valenciano acompañaba la calidez del encuentro humano. Todo gozaba de un aura de armonía y entusiasmo poco usual en este tiempo dominado por el escepticismo, la razón y lo pragmático. Me quedó clara la necesidad de relación entre artistas que desde estéticas distintas, y hasta me atrevería decir contrapuestas, son capaces de encontrar un espacio y un público dispuesto a ponerse en la piel del otro y a escuchar los recorridos de sus colegas. Y una pregunta que comenzó reverberante como un susurro, una cuestión que la evidencia delata como una problemática subyacente, fue creciendo y adquiriendo forma y volumen: ¿Por qué los artistas no intercambian experiencias, críticas y análisis sobre su obra y las de sus colegas con asiduidad? Desde entonces he intentado buscar respuestas distintas y desde diferentes aspectos pero, siguiendo la estela de lo escrito hasta ahora, sólo me detendré en tres que, a mi entender, resultan unívocas:
- No se puede precisar cronológicamente con exactitud el momento en el que la teoría y la práctica posmodernista se apropiaron, a un ritmo desigual dependiendo del lugar donde nos encontrásemos, del ámbito de la cultura. No hablo sólo del consabido producto de mercado que es el objeto llamado “obra de arte”, sino también de la filosofía de la mercadotecnia y del negocio del espectáculo en la que el artista como personaje, caracterizado de un determinado modo, se vende a él mismo como producto, incluido en la misma obra. La representación de un personaje implica seguir un guión que, en cuanto ficticio, impide el desarrollo de un diálogo analítico, a la vez que crítico, con los pares. Esto significa que existe una intervención directa del mercado sobre el ámbito privado del individuo, sobre su subjetividad.
- Al asumir al mercado como legitimador de la obra y del artista, se asume también una necesidad competitiva que pasa más por una rivalidad mediática que por las cualidades y calidades de la obra que desarrolla cada uno. Suena a cliché, pero “no siempre llega el mejor, sino el que mejor relacionado esté”. Proporcionalmente, el mercado se ve incapacitado para absorber la enorme cantidad de artistas creadores, las escuelas no preparan a artistas para generar proyectos alternativos, más bien todo lo contrario, los educan en la idea de que sólo unos pocos elegidos serán los afortunados que podrán llamarse artistas y cada uno quiere ser el elegido. El resultado es obvio: la competitividad los desvincula a unos de los otros, el individualismo se transforma en un arma estratégica de supervivencia y los aísla.
- El gozne sobre el que se articula la relación entre el mercado, el artista y su obra es la crítica. Y juega un papel importante en el desarrollo mercantilizado y mediatizado de los circuitos de arte, ya que es el crítico quien elige, quien destaca del tumulto a ese uno –o quizás hasta cinco- que será el elegido. También funciona como articulación entre artistas, sus obras y otros artistas, ya que en él se delega la tarea de análisis crítico sobre la obra, con lo que el del propio creador, aunque existente, no tiene difusión ni contraste. El intercambio teórico y conceptual se hace a través de un intermediario.
Este sistema de funcionamiento podría describir, a grandes rasgos, una realidad, bastante generalizada, sin que por ello neguemos la existencia de excepciones, de variantes y matices que hacen posible puntos de inflexión. Podemos convenir que el mercado del arte, en sus diferentes estratos, no es capaz de asimilar en su organismo la cantidad de artistas o proyectos que se generan. La administración dedica presupuestos monumentales a los grandes proyectos de artistas ya reconocidos, y los más exiguos a artistas que no están insertos del todo en el mainstream, pero sí medianamente reconocidos a nivel regional o nacional. La mayoría de los ayuntamientos de las pequeñas ciudades no llevan una política cultural coherente en sus centros culturales. Las entidades privadas no pueden compensar las carencias del sector público con un puñado de salones en los que la masa de artistas que se presentan es tan gruesa que las oportunidades resultan escasas o nulas. A nivel social todavía no existe una educación que lleve a apreciar el arte y a fomentar su micro-mercado (ni grandes galerías, ni grandes nombres, ni grandes precios). La cúpula crítica y gestora es casi tan inaccesible como la misma administración a la hora de arriesgar con propuestas nacidas desde los mismos artistas, se empeña en armar rígidos corsés en los que embutir a uno o varios artistas siguiendo modas internacionales. Los circuitos alternativos son intermitentes y en su amplitud de visiones se desdibujan, ante la disyuntiva de subsistir o desvanecerse muchos acaban formando parte del sistema oficial. En este panóptico del sistema del arte podemos ver con claridad que la posibilidad de generar nuevos proyectos, sean individuales o colectivos, se encuentra con demasiados dragones a los que vencer, murallas a las que trepar y fosas que sortear, quizá por ello sea necesario crear un espacio propio, al que podamos acceder sin enfrentarnos a tanto dragón y cocodrilo.
Valiéndonos de esas inflexiones que hemos constatado, que no son meras especulaciones ni sueños ni utopías, podemos diagramar un entrecruzamiento, y otro, y otro más. Este dibujo de red en la que cada nodo funciona como articulación o bisagra, y cada hilo puede cruzarse de infinitos modos, es la forma con la que me gusta planear un proyecto (o quizás se trate de un modo de trabajar) que cabe dentro de lo que llamamos gestión cultural, pero que se plantea como complicidad, colaboración y autogestión. Se me ocurre un grupo de artistas que interpreta roles rotativos: primero uno expone y los demás realizan las tareas de gestión y promoción, luego es otro el que ocupa ese lugar y así sucesivamente. Un “compromiso a largo plazo” en el que todos trabajan para todos. El artista toma las riendas más allá del proceso creativo, genera obra individualmente, pero en comunidad con otros artistas despeja el espacio para poder enseñarla. Un nodo conectado a otro.
La escenografía dispuesta parece retratar un gran océano (el medio incierto) en el que islas móviles (nosotros mismos) se desplazan lentamente a la deriva, pero siguiendo un recorrido secreto en el que es imposible que lleguen a chocar unas con otras, aunque puedan llegar a rozarse. La estrategia ética (la résistance) de esas islas es intentar establecer vínculos entrecruzados, tirar hilos hacia las otras islas, uniéndose unas con otras hasta formar una red (la comunidad) en la que cada isla es un nodo comunicado y en relación con otras islas-nodo, esos hilos invisibles frenan la deriva, a modo de anclaje.
Coppens, Carolina, “Un imperceptible hilo rojo”, en AA.VV., Arte y Funcionalidad, Asociación Valenciana de Críticos de Arte, Universidad Politécnica de Valencia, Valencia, 2001, p. 105.
Jameson, Fredic, El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, Paidós, Barcelona, 1995.
Habermas analiza la idea marxista del capitalismo, condicionado y alimentado desde su nacimiento, por crisis cíclicas que le permiten ir in crescendo hasta convertirse en un agujero negro: “La acumulación del capital total se cumple a través de desvalorizaciones periódicas de elementos del capital; esta forma de desenvolvimiento es el ciclo de la crisis. Bajo el aspecto de la acumulación del capital se instala un modelo de desarrollo que se niega a sí mismo; en efecto, por un lado la masa de los valores de cambio y de uso (por tanto, el capital y la riqueza social) se acumula por el aumento de la plusvalía relativa, es decir, de un progreso técnico que procura a la vez la disminución de los costos y la intensificación del uso del capital; pero por el otro lado, en cada nuevo estadio de la acumulación la composición del capital se modifica en detrimento del capital variable, el único que produce plusvalía (él es el que se intercambia por la fuerza de trabajo).” Jürgen Habemas, Problemas de legitimación del capitalismo tardío, Cátedra, Teorema, Madrid, 1999, p.62.
Bauman, Zygmunt,Comunidad. En busca de seguridad en un mundo hostil, Siglo XXI, Temas para el siglo XXI, Madrid, 2003, p.76.
En algunos escritos anteriores analicé la capacidad del sistema de absorber las conductas críticas o transgresoras incorporándolas como partes constitutivas de él. Se puede consultarCoppens, Carolina, Las Ruinas circulares y la poética del margen. Un ensayo sobre identidad, globalización y arte, Institución Alfonso el Magnánimo, Colección Fundamentos nº 8, dirigida por Román de la Calle, Valencia, 2001. También me atrevo a recomendar una obra de teatro de la que sólo conozco su traducción en catalán: Barker, Howard, Escenes d’una execució, Proa, Teatre Nacional de Catalunya, Barcelona, 2002. Versión en catalán de Joaquim Monzó.
Bauman, Zygmunt, Opus cit, p. 51.
Me gustaría aclarar que me refiero a comunidad siguiendo los escritos de Zygmunt Bauman, que lo rescata como la convivencia de una sociedad en microcosmos, el antiguo barrio, el pueblo, ese tener en común con mis pares algo. No se trata de retomar las ideas comunales de los Hippies en los años 60’, sino simplemente de una forma de convivencia, si se quiere tradicional, que hoy en día, y cada vez más, va quedando demodé.
Dench, Geoff, Minorities in the Open Society: Prisioners of Ambivalente, Roudledge and Kegan Paul, Londres, 1986, cap 10. Citado por: Bauman, Zygmunt, Opus cit, p.72.
Bauman, Zygmunt, Opus cit, p. 79.
Palahniuk, Chuck, El club de lucha, Muchnik editores, Barcelona, 1999.
Bauman, Zygmunt, Opus cit, p. 86.
El encuentro al que me refiero se llevó a cabo en Godella, Valencia, en julio de 2004, se llamó Discursos en tránsito y fue organizado por la Red Nómade y el Ayuntamiento de Godella.
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